Sobre Andrés Neuman se ha
escrito mucho y se ha pensado poco. Suele pasar. La crítica literaria –donde
concurren tantas deudas de agradecimiento, tantas manías, tantos tópicos,
tantas enemistades, tantas ganas de figurar, tanta mera indigencia– se entrega
con facilidad a esta costumbre.
Neuman es un gran escritor
en el sentido en que lo fueron también García Lorca (sin querer del todo, post mortem) o Neruda (muy
calculadamente): es mediático, es un gran comunicador. Tiene algo, además, que
aunque con fecha de caducidad juega mucho a su favor: no es un viejito achacoso
y medio ciego. Sí, Neuman surgió como todo un niño prodigio (mejor opción que
la de ser un poète maudit), y a su
edad (tiene ahora 36 años) ya ha escrito mucho, ha ganado muchos premios y ha
dado que hablar mucho. A pesar de esto último –un poco mejor que no ser citado
en absoluto– Andrés Neuman sí vale la pena. Yo lo conozco sobre todo como autor
de cuentos breves y hábiles, de artículos a veces demasiado urgentes, desiguales,
y de una poesía directa e inteligente que alcanza la conmoción con facilidad,
demasiada facilidad. Tengo pendiente la lectura de sus novelas, en las que
imagino encontrar los mismos altibajos, el vaivén entre la brillantez y el
descuido. Sea como sea, Neuman no deja nunca indiferente, y aunque tal vez
escribe demasiado, sus dotes literarias obligan a tomar muy en serio el juicio
emitido sobre él por Roberto Bolaño: “Tocado por la gracia. Ningún buen lector
dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta
literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos.” (Roberto Bolaño, Entre paréntesis). Un par de ejemplos,
uno de su prosa y otro de su poesía, acabarán tal vez de convencer al lector:
Lugar
Después de una jornada de
trabajo en una ciudad extranjera, en vez de regresar a mi provisional refugio,
en lugar de volver a mi lugar, me sorprendo haciendo algo sigilosamente
anómalo: me dirijo a otro hotel cercano al hotel donde me alojo, ceno con
demora y me quedo leyendo en el lobby hasta muy tarde. Como mi comportamiento
resulta absurdamente natural, nadie hace preguntas. Me dan las buenas noches y
hasta me ofrecen té. Por un instante siento una desdibujada euforia que se
parece al extravío, un extravío que se parece a la levedad. Intuyo entonces
cierta lógica en este minúsculo desplazamiento. Como en una cadena migratoria,
acabo de convertir mi anterior hotel en mi casa, y el siguiente hotel en un
hotel. Quizá la hostelería sea eso: una mudanza de la perspectiva. La
edificación de una distancia con respecto al hogar. Hay una especie de patria
en la huida. Al final de esa huida, ahí, cruzando la frontera de sí mismo,
alguien desnudo se da la bienvenida.
(Del blog Microrréplicas, de Andrés Neuman, 29 de
mayo de 2013)
Te
pesan las costillas y la nuca
y te pesan las horas,
el aire trepa y cae por dentro de tu pecho,
se crece en espiral,
tu mano imprime surcos en la piel arenosa...
No te estás
extinguiendo, estás tan vivo
que has comprendido
el hueco de la pérdida.
Igual que un casco
volcado por el gesto
de un soldado al que asombra
la música de sangre
de su propia metralla,
así pierdes el odio y
queda a tus espaldas, entre el fango.
Tus costillas,
antílope, esconden un reloj:
te preguntas quién
pudo darle cuerda.
(De La canción del antílope, Pre-Textos, Valencia, 2003.)
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