Poco sé decir de Guillermo
Bianchi. Que nació en la ciudad de Buenos Aires en 1970. Que ha ganado y ha
sido finalista de varios premios de poesía. Que publicó el año pasado el libro
de poesías La luz de los vencidos
(Enigma Editores, 2012), que acabo de leer.
Para Laura Yasan, autora del
prólogo, el libro “transita una poética de un fino clasicismo que explora
lenguajes coloquiales en tono de confidencia [...] y también caminos alternativos
de ruptura y experimentación”. Los rasgos experimentales a que Laura Yasan se
refiere son de naturaleza lingüística sobre todo, como la incorporación de
algunos neologismos y también algunas construcciones sintácticas
desacostumbradas, y favorecidas la mayor parte de las veces por la ausencia de
puntuación. En cuanto al «fino clasicismo» notado por la prologuista, es una
afirmación poco argumentada aunque evidente incluso en una lectura superficial
del libro: una equilibrada combinación de versos cortos y largos, que nunca
llegan al versículo porque se someten a laxos pero suficientes requisitos
métricos (abundan los endecasílabos, heptasílabos, alejandrinos y versos
afines), la tendencia a la brevedad en los poemas y a la contención en la
expresión.
Lo mejor de La luz de los vencidos –como si lo dicho
no fuera ya más que suficiente– es su cercanía, su equilibrio (pese a la
gesticulación romántica de algunos de sus poemas, como «Orfandad» y «Objetos
varios», que copio abajo) entre la transcendencia y el decir cotidiano y
personal, su retórica casi coloquial (Guillermo Bianchi frecuenta la antítesis,
los paralelismos y la anáfora, bases de la poesía popular) y su léxico sencillo
pero a la vez cargado de significaciones a veces insólitas en el poema, sin llegar
más que a un mesurado surrealismo –en el poema «El orden de las cosas», por
ejemplo–, ya al alcance de cualquier lector medio de poesía.
En cuanto a los temas, aunque la propia poesía, el paso del tiempo y el recuerdo de lo perdido –el tono elegiaco es frecuente– aparecen con insistencia, el amor es el que domina, un amor acabado, el de "los vencidos", que persiste aún, sin embargo, con una luz que ilumina algunos líneas y oscurece otras, convirtiendo cada poema en un juego de claroscuros hasta su final, desesperado a veces (un amor como una cuerda que "repentinamente / se enredó en mi garganta") y animoso otras ("todas las realidades
me parecen ficticias / todas las utopías me
resultan posibles).
El
orden de las cosas
los muros los
escombros me transmiten recuerdos
obedezco al lenguaje
del cristal que trepida
respondo al juramento
desleal del relámpago
la simple observación
de una canilla
me provoca un intenso
sentimiento de ahogo
el fuego vaticina mi
futura memoria
los relojes me llevan
de modo inevitable
a treparme a la copa
de los árboles
para lanzar mi
aullido a la intemperie
toda consternación me
pertenece
toda felicidad me
contradice
el silencio lastima
mis oídos
contemplo horrorizado
la belleza del día
y persigo a mi sombra
para no despistarme
soy el ojo que rige
mis bruscas mutaciones
el barco que
establece sus propias tempestades
todas las realidades
me parecen ficticias
todas las utopías me
resultan posibles.
Mar
adentro
el mar toda una vida
a la intemperie
toda una vida el
corazón cerrado
al no ser mar qué
breve la mención de tu nombre
yo que nunca lloré
bajo una nube
ni recorrí las costas
del espanto
te hago cárcel de mí
labio a mi copa
en un mundo que goza
desenterrando espadas
rodeándome de perros
la memoria
el mar respira en vos
y es como un rezo
como una crisis que
jamás descansa
y no te haré saber
qué interminable
qué árido terreno
transita el que no duerme
el que profana tumbas
buscando su cadáver
el que flota en las
aguas del dolor y la culpa
yo soy un rumbo
aparte
el mar me condiciona
a tu paisaje
y la noche me busca
vivo o muerto.
Conclusiones
este amor que no
empuño ni reclamo
este deseo que
resguardo en vos
como una medallita de
la suerte
este amor de
sonámbulos y espías
de aliento contenido
de sangre en
movimiento
una sombra pegada a
la pared
trepando por la furia
del espejo
amor que no es abrigo
ni sábana
ni oxígeno
sino una cuerda
que intenté sujetar
para no ahogarme
y repentinamente
se enredó en mi
garganta.
Orfandad
hace noches que
arrastro este cadáver
hemos bebido juntos
del furor y la bruma
hemos acariciado la
muerte a contrapelo
aliviado el dolor en
madrigueras
donde la realidad
pasa de largo
un ala negra sobre el
cielo puro
batiendo contra el
pecho
su avidez de
relámpago
casa por casa fuimos
a derramar la hiel de
nuestra angustia
hemos visto la calle
sin ventanas
donde van a besarse
los suicidas
antes de
transformarse en certidumbre
hemos amanecido con
un tiro en la frente
y un puñal escondido
en la garganta
hace noches que
intento abandonarlo
envolverlo en mi
abrigo
y acostarlo en su
espanto
como quien deja a un
niño
a los pies de una iglesia.
Objetos varios
En cuánto ardor ardí de puro
tigre
cómo fui piedra cómo
explosión de vos y no te odié.
¿Qué noche qué prisión
no he contenido?
cuánta tersura sabe la
memoria del tacto
cuánto ahínco la llave del
deseo
que me volvía perro entre
los perros
continuación de vos
bruta herramienta.
¿Qué diente no me atina
qué enemigo no he visto en
cada espejo?
yo talismán yo néctar
yo carnada
para la red voraz de tu
apetito
acéfalos tus labios
más soplo reclamaban
más huella más
renuncia más prodigio
cómo fui viento cómo región
de vos y no te odié.
¿Qué acero qué fantasma
no me hiere?
yo carne yo derrumbe
yo testigo
del odio abandonado en su
dilema
del amor enterrado en su proeza.
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