Con un poco de retraso –era
el 13 que se conmemoraba el “Día del Escritor”, el nacimiento de Leopoldo
Lugones– ordeno apenas unas notas como siempre apresuradas. No quiero hablar
del Día del Escritor, una de esas boludeces que nos llenan el calendario de
olvidos, porque parece que únicamente nos acordamos de las cosas cuando el Día
de... nos conmina a hacer alguna compra impulsiva y celebrar que
definitivamente el recuerdo es sólo eso: un número negativo en nuestra cuenta.
Quiero, sí, dedicar unas líneas a Lugones. Es un escritor que por muy familiar
que nos resulte –todos hemos leído alguno de sus cuentos y poemas–, por mucho
que se nos diga que es uno de los padres de la literatura argentina, nos
resulta poco cercano y algo artificial, casi extranjero. Lo mismo se ha dicho
de Borges algunas veces, pero eso es juzgar las cosas con un criterio muy
parcial y ensimismado en nuestro tiempo y en nuestra pequeña cuadra con vistas
a una o dos esquinas como mucho.
Es razonable y es deseable y
es inevitable preferir a nuestros contemporáneos, ser contemporáneos, y el
libro de poemas más celebrado de Lugones, Lunario
sentimental, ya ha cumplido más de cien años. Pero es justo recordar
también de dónde venimos, y saber que el futuro lector que nos compare no
encontrará tantas diferencias entre nosotros, como el mismo Borges dice en esa
imposible conversación con Lugones del conocido Prólogo de El Hacedor: «mañana yo también habré muerto y se confundirán
nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos». Sea como
fuere, la concisión, la claridad, la originalidad, el verso libre defendidos en
el Prólogo del Lunario y la ironía
que lo recorre son los principios constituyentes de buena parte de la poesía
más actual. Puede haber desfallecido la expresión formal de Lugones, pero su
teoría resulta ahora más vigente que cuando fue formulada. ¿Y quién no recuerda
aunque sea con nostalgia adolescente algunos de sus poemas, como «El astro
propicio», «Oceánida» o «Historia de mi muerte»?
Historia
de mi muerte
Soñé la muerte y era
muy sencillo:
una hebra de seda me
envolvía,
y a cada beso tuyo
con una vuelta menos
me ceñía,
y cada beso tuyo
era un día;
y el tiempo que
mediaba entre dos besos
una noche. La muerte
es muy sencilla.
Y poco a poco fue
desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no
la retenía
sino por un sólo cabo
entre los dedos...
Cuando de pronto te
pusiste fría,
y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se
me fue la vida.