sábado, 15 de junio de 2013

Calendario de olvidos

Con un poco de retraso –era el 13 que se conmemoraba el “Día del Escritor”, el nacimiento de Leopoldo Lugones– ordeno apenas unas notas como siempre apresuradas. No quiero hablar del Día del Escritor, una de esas boludeces que nos llenan el calendario de olvidos, porque parece que únicamente nos acordamos de las cosas cuando el Día de... nos conmina a hacer alguna compra impulsiva y celebrar que definitivamente el recuerdo es sólo eso: un número negativo en nuestra cuenta. Quiero, sí, dedicar unas líneas a Lugones. Es un escritor que por muy familiar que nos resulte –todos hemos leído alguno de sus cuentos y poemas–, por mucho que se nos diga que es uno de los padres de la literatura argentina, nos resulta poco cercano y algo artificial, casi extranjero. Lo mismo se ha dicho de Borges algunas veces, pero eso es juzgar las cosas con un criterio muy parcial y ensimismado en nuestro tiempo y en nuestra pequeña cuadra con vistas a una o dos esquinas como mucho.

Es razonable y es deseable y es inevitable preferir a nuestros contemporáneos, ser contemporáneos, y el libro de poemas más celebrado de Lugones, Lunario sentimental, ya ha cumplido más de cien años. Pero es justo recordar también de dónde venimos, y saber que el futuro lector que nos compare no encontrará tantas diferencias entre nosotros, como el mismo Borges dice en esa imposible conversación con Lugones del conocido Prólogo de El Hacedor: «mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos». Sea como fuere, la concisión, la claridad, la originalidad, el verso libre defendidos en el Prólogo del Lunario y la ironía que lo recorre son los principios constituyentes de buena parte de la poesía más actual. Puede haber desfallecido la expresión formal de Lugones, pero su teoría resulta ahora más vigente que cuando fue formulada. ¿Y quién no recuerda aunque sea con nostalgia adolescente algunos de sus poemas, como «El astro propicio», «Oceánida» o «Historia de mi muerte»?

Historia de mi muerte

Soñé la muerte y era muy sencillo:
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo
con una vuelta menos me ceñía,
y cada beso tuyo
era un día;
y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte es muy sencilla.

Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por un sólo cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría,
y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se me fue la vida.



sábado, 8 de junio de 2013

Andrés Neuman

Sobre Andrés Neuman se ha escrito mucho y se ha pensado poco. Suele pasar. La crítica literaria –donde concurren tantas deudas de agradecimiento, tantas manías, tantos tópicos, tantas enemistades, tantas ganas de figurar, tanta mera indigencia– se entrega con facilidad a esta costumbre.




Neuman es un gran escritor en el sentido en que lo fueron también García Lorca (sin querer del todo, post mortem) o Neruda (muy calculadamente): es mediático, es un gran comunicador. Tiene algo, además, que aunque con fecha de caducidad juega mucho a su favor: no es un viejito achacoso y medio ciego. Sí, Neuman surgió como todo un niño prodigio (mejor opción que la de ser un poète maudit), y a su edad (tiene ahora 36 años) ya ha escrito mucho, ha ganado muchos premios y ha dado que hablar mucho. A pesar de esto último –un poco mejor que no ser citado en absoluto– Andrés Neuman sí vale la pena. Yo lo conozco sobre todo como autor de cuentos breves y hábiles, de artículos a veces demasiado urgentes, desiguales, y de una poesía directa e inteligente que alcanza la conmoción con facilidad, demasiada facilidad. Tengo pendiente la lectura de sus novelas, en las que imagino encontrar los mismos altibajos, el vaivén entre la brillantez y el descuido. Sea como sea, Neuman no deja nunca indiferente, y aunque tal vez escribe demasiado, sus dotes literarias obligan a tomar muy en serio el juicio emitido sobre él por Roberto Bolaño: “Tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos.” (Roberto Bolaño, Entre paréntesis). Un par de ejemplos, uno de su prosa y otro de su poesía, acabarán tal vez de convencer al lector:

Lugar
Después de una jornada de trabajo en una ciudad extranjera, en vez de regresar a mi provisional refugio, en lugar de volver a mi lugar, me sorprendo haciendo algo sigilosamente anómalo: me dirijo a otro hotel cercano al hotel donde me alojo, ceno con demora y me quedo leyendo en el lobby hasta muy tarde. Como mi comportamiento resulta absurdamente natural, nadie hace preguntas. Me dan las buenas noches y hasta me ofrecen té. Por un instante siento una desdibujada euforia que se parece al extravío, un extravío que se parece a la levedad. Intuyo entonces cierta lógica en este minúsculo desplazamiento. Como en una cadena migratoria, acabo de convertir mi anterior hotel en mi casa, y el siguiente hotel en un hotel. Quizá la hostelería sea eso: una mudanza de la perspectiva. La edificación de una distancia con respecto al hogar. Hay una especie de patria en la huida. Al final de esa huida, ahí, cruzando la frontera de sí mismo, alguien desnudo se da la bienvenida.
(Del blog Microrréplicas, de Andrés Neuman, 29 de mayo de 2013)


Te pesan las costillas y la nuca
y te pesan las horas, el aire trepa y cae por dentro de tu pecho,
se crece en espiral, tu mano imprime surcos en la piel arenosa...
No te estás extinguiendo, estás tan vivo
que has comprendido el hueco de la pérdida.

Igual que un casco
volcado por el gesto de un soldado al que asombra
la música de sangre de su propia metralla,
así pierdes el odio y queda a tus espaldas, entre el fango.
Tus costillas, antílope, esconden un reloj:
te preguntas quién pudo darle cuerda.

(De La canción del antílope, Pre-Textos, Valencia, 2003.)

viernes, 3 de mayo de 2013

Guillermo Bianchi

Poco sé decir de Guillermo Bianchi. Que nació en la ciudad de Buenos Aires en 1970. Que ha ganado y ha sido finalista de varios premios de poesía. Que publicó el año pasado el libro de poesías La luz de los vencidos (Enigma Editores, 2012), que acabo de leer.



Para Laura Yasan, autora del prólogo, el libro “transita una poética de un fino clasicismo que explora lenguajes coloquiales en tono de confidencia [...] y también caminos alternativos de ruptura y experimentación”. Los rasgos experimentales a que Laura Yasan se refiere son de naturaleza lingüística sobre todo, como la incorporación de algunos neologismos y también algunas construcciones sintácticas desacostumbradas, y favorecidas la mayor parte de las veces por la ausencia de puntuación. En cuanto al «fino clasicismo» notado por la prologuista, es una afirmación poco argumentada aunque evidente incluso en una lectura superficial del libro: una equilibrada combinación de versos cortos y largos, que nunca llegan al versículo porque se someten a laxos pero suficientes requisitos métricos (abundan los endecasílabos, heptasílabos, alejandrinos y versos afines), la tendencia a la brevedad en los poemas y a la contención en la expresión.

Lo mejor de La luz de los vencidos –como si lo dicho no fuera ya más que suficiente– es su cercanía, su equilibrio (pese a la gesticulación romántica de algunos de sus poemas, como «Orfandad» y «Objetos varios», que copio abajo) entre la transcendencia y el decir cotidiano y personal, su retórica casi coloquial (Guillermo Bianchi frecuenta la antítesis, los paralelismos y la anáfora, bases de la poesía popular) y su léxico sencillo pero a la vez cargado de significaciones a veces insólitas en el poema, sin llegar más que a un mesurado surrealismo –en el poema «El orden de las cosas», por ejemplo–, ya al alcance de cualquier lector medio de poesía.

En cuanto a los temas, aunque la propia poesía, el paso del tiempo y el recuerdo de lo perdido –el tono elegiaco es frecuente– aparecen con insistencia, el amor es el que domina, un amor acabado, el de "los vencidos", que persiste aún, sin embargo, con una luz que ilumina algunos líneas y oscurece otras, convirtiendo cada poema en un juego de claroscuros hasta su final, desesperado a veces (un amor como una cuerda que "repentinamente / se enredó en mi garganta") y animoso otras ("todas las realidades me parecen ficticias /  todas las utopías me resultan posibles).


El orden de las cosas

los muros los escombros me transmiten recuerdos
obedezco al lenguaje del cristal que trepida
respondo al juramento desleal del relámpago
la simple observación de una canilla
me provoca un intenso sentimiento de ahogo
el fuego vaticina mi futura memoria
los relojes me llevan de modo inevitable
a treparme a la copa de los árboles
para lanzar mi aullido a la intemperie
toda consternación me pertenece
toda felicidad me contradice
el silencio lastima mis oídos
contemplo horrorizado la belleza del día
y persigo a mi sombra para no despistarme
soy el ojo que rige mis bruscas mutaciones
el barco que establece sus propias tempestades
todas las realidades me parecen ficticias
todas las utopías me resultan posibles.


Mar adentro

el mar toda una vida a la intemperie
toda una vida el corazón cerrado
al no ser mar qué breve la mención de tu nombre
yo que nunca lloré bajo una nube
ni recorrí las costas del espanto
te hago cárcel de mí labio a mi copa
en un mundo que goza desenterrando espadas
rodeándome de perros la memoria
el mar respira en vos y es como un rezo
como una crisis que jamás descansa
y no te haré saber qué interminable
qué árido terreno transita el que no duerme
el que profana tumbas buscando su cadáver
el que flota en las aguas del dolor y la culpa
yo soy un rumbo aparte
el mar me condiciona a tu paisaje
y la noche me busca vivo o muerto.


Conclusiones

este amor que no empuño ni reclamo
este deseo que resguardo en vos
como una medallita de la suerte
este amor de sonámbulos y espías
de aliento contenido
de sangre en movimiento
una sombra pegada a la pared
trepando por la furia del espejo
amor que no es abrigo
ni sábana
ni oxígeno
sino una cuerda
que intenté sujetar
para no ahogarme
y repentinamente
se enredó en mi garganta.


Orfandad

hace noches que arrastro este cadáver
hemos bebido juntos del furor y la bruma
hemos acariciado la muerte a contrapelo
aliviado el dolor en madrigueras
donde la realidad pasa de largo
un ala negra sobre el cielo puro
batiendo contra el pecho
su avidez de relámpago

casa por casa fuimos
a derramar la hiel de nuestra angustia
hemos visto la calle sin ventanas
donde van a besarse los suicidas
antes de transformarse en certidumbre
hemos amanecido con un tiro en la frente
y un puñal escondido en la garganta

hace noches que intento abandonarlo
envolverlo en mi abrigo
y acostarlo en su espanto
como quien deja a un niño
                                                 a los pies de una iglesia.


Objetos varios

En cuánto ardor ardí de puro tigre
cómo fui piedra cómo explosión de vos y no te odié.

¿Qué noche  qué prisión no he contenido?
cuánta tersura sabe la memoria del tacto
cuánto ahínco la llave del deseo
que me volvía perro entre los perros
continuación de vos  bruta herramienta.

¿Qué diente no me atina
qué enemigo no he visto en cada espejo?
yo talismán  yo néctar  yo carnada
para la red voraz de tu apetito
acéfalos tus labios  más soplo reclamaban
más huella  más renuncia  más prodigio
cómo fui viento cómo región de vos y no te odié.

¿Qué acero  qué fantasma no me hiere?
yo carne  yo derrumbe  yo testigo
del odio abandonado en su dilema
del amor enterrado en su proeza.