viernes, 26 de abril de 2013

Cotidiano, excepcional

Aunque no llegaré a condenar sin más, solo por seguir el ridículo dictado de las modas, la poesía de la dificultad, del extremo elitista, prefiero siempre los pequeños prodigios de la cotidianeidad, el imprevisto asombro de lo doméstico.

El porteño Ricardo Costa, que desde hace muchos años vive en Neuquén, coincide también con esta preferencia por la humildad. Su poesía, sin encender los fuegos de artificio del lenguaje retórico, alcanza su designio de precisión y emociona no por la cantidad sino por la intensidad de su extrema transparencia.

Dejo aquí dos ejemplos de esta poesía tan esencial como conmovedora a un mismo tiempo:

Puntos de vista

La forma más sencilla de celebrar una fundación
es marcar un punto junto al vacío.
Un punto es una partícula del todo imponiéndose
sobre la nada.
Un punto establece el origen de todas las formas
que caben en el universo, y el universo se mueve
sobre una sucesión de puntos encadenados
en el espacio.
Sobre uno de estos puntos estamos nosotros.
Abrazándonos y girando en un vacío que nos mantiene
flotando sobre un silencio absoluto.
Pero lo mejor de esto no es el silencio ni lo absoluto.
Lo mejor de esto es que nadie sabe que flotamos
porque obedecemos una ley fundamental.
Creo que ese es el punto: flotar abrazados a la idea de la nada
mientras los cuerpos se mueven y la fundación se convierte
en un acto de amor junto al vacío.


Clima

Nos comportamos según el tiempo.
Ayer, los vientos moderados de superficie
nos mantuvieron alertas respecto a posibles
cambios de temperatura.
Mi vecino cortó leña de más toda la tarde
y yo lamenté estar solo en un momento
como este.
Hoy la situación es la misma y el leñador
ha comprobado que el calor hace humo
todo el trabajo de una tarde.
Pero a él no le importa porque su mujer
ha puesto a secar ropa junto al fuego
y ha freído unos bocaditos de manzana.
La dicha y la soledad se comportan de igual manera:
hay que trabajar duro para que la confianza de uno
se quede ahí y no se apague.
El humo siempre terminará por hacer su trabajo:
doblarse para que el viento tenga un gesto de piedad
para los que estamos solos.
Así la dicha se anuncia según el tiempo.
Escapa por los hogares y vuela en pedazos por el aire
hasta dejar en el ambiente una extraña sensación
de frío y un ligero aroma a frituras

[Ambos textos del libro Veda negra.
Obtenidos de la página del autor: http://www.ricardocosta.com.ar/index.html]


 Fuente: www.poesiaenvertical.blogspot.com

viernes, 19 de abril de 2013

Daniel Calabrese

Sé que mis palabras parecerán irreverentes, incluso las que dedico al propio Daniel Calabrese, pero no son más que un elogio por otros medios.

Tengo que confesarlo, de una vez. Mis gustos poéticos van, creo que le pasa a todo el mundo, desde la devoción hasta el aborrecimiento. Hay poetas que tengo en tanta estima que a veces me cuesta admitir que escribieron también líneas que de ninguna manera pueden justificarse. Hay otros que me gustan bastante, pero desde el primer momento acepto sus defectos. Son los que me ofrecen mayor confianza a la hora de hablar de ellos de una forma más crítica. Otros me son del todo indiferentes. No me dicen nada, son anodinos pero no me resultan detestables. El resto son los poetas cuya obra repugnante me lleva a evitar hablar de ellos, salvo para contestar a quienes los intentan imponer a mi vista o mis oídos.

Cada uno tendrá, por supuesto, su propia clasificación personal, pero todos hacemos lo mismo: cualquier crítica que construimos viene a justificar nuestras propias predilecciones y rechazos. Lo que quiere decir que hablar de los otros es en realidad una forma de hablar de nosotros mismos.

El caso de Daniel Calabrese, nacido en ese escenario de obras interminables que es Dolores, siempre me desconcierta. Nunca he sabido decir si me gusta su poesía o me disgusta, pero es seguro que no me deja indiferente. Dice, por ejemplo, hablando de la poesía, cosas que me ponen nerviosa, como su definición de que sea “una aventura espiritual, así como el universo es una aventura del espíritu absoluto. El artista quiere devolver el gesto de la creación, de esa manera se siente ligado a los ciclos eternos”. Es una forma de no decir nada y, a la manera de los místicos, decirlo todo. Las vaguedades, de todas formas, no se pueden discutir. Pero esa es su teoría. Veamos ahora su práctica, sus “gestos de creación”.

Este poema, por ejemplo, me parece algo adolescente, del todo ineficaz. Su forma es infantil y su mensaje indeciso:

En este lugar

Camino solo frente a los vidrios
y dos luces me atraviesan.

Pienso en los padres de mi cuerpo.
En la hija de mi cuerpo.

Camino, viajo, cruzo
y me atraviesan hondamente.

Pienso en el amor.
En los reflejos del corazón.

Una sombra está echada.
Una vida me lleva de los pelos.

Detrás de la paredes sufro.

Detrás de las paredes
se está haciendo la muerte.

Pero ¿qué decir de este otro? Su escritura parece igualmente desmañada, inacabada, pero sus palabras inquietan y conmueven:

Silencio de abril

No se oye ningún ruido
pero les juro, en el medio
de esta tierra desolada, una bala
está pasando sobre mi cabeza.

No se oye nada.
Si los ángeles tiemblan,
no se oye.
Si las paredes hablan,
no se oye.
Si la lluvia picotea
un cráneo reluciente,
no se oye.

¿Estaremos muertos en este poema?
¿Muertos, es decir,
libres de la muerte?

Y un último poema. Tal vez uno de los que mejor representan todos los vicios de Calabrese: el desorden, la inconexión, la afectada trivialidad, la facilidad. Y sin embargo, me gusta, me gusta mucho, y no sé decir por qué. Tal vez por trabajar con un conjunto de materiales comunes para acabar construyendo un texto con una fuerte impronta personal. Eso es, en fin, la poesía, y definitivamente Daniel Calabrese la escribe muy bien:

Escritura en un ladrillo

¿Qué hemos escrito que lo cambie todo?

Hemos puesto los navíos
a agitarse en el océano,
y eran las luces el agua,
el sol aquella piedra con metal.

En ese barco bebía un capitán
la espuma silenciosa de las horas
y, tal vez, llegaba tarde el sueño cada noche.

Hemos dicho que la dársena
escondía una sirena
entre los hierros carcomidos por la sal,
pensamos en el frío,
en la luna desgarrada por las grúas.

¿Creamos los fantasmas de humedad en la pared?

Es cierto, el cielo ha sido bestial
este año con los ciegos y ambulantes,
pero ¿qué hemos escrito que lo cambie todo?


Imagen: http://www.festivalpoesianicaragua.com

sábado, 13 de abril de 2013

La difícil sencillez




Con demasiada frecuencia leo aún en muchas páginas, sobre todo de España, que Roberto Juarroz es mexicano. No sé si sólo es porque el apellido les suena a mexicano más que a argentino (y no sabría adivinar entonces bajo qué criterio) o porque, quién sabe, no entienden nada de lo que Juarroz dice y no entienden nada de lo que es América.

Roberto Juarroz, de todas formas, no es un poeta que se lea mucho. Es un poeta bien reconocido, sí, y reconocible, pero no puede decirse que sea popular. Su dificultad es otra que la de Borges (que vivió un tiempo en Adrogué, como Juarroz de joven), por ejemplo. No es enciclopédica. Resulta, sí, tan o más paradójica que la del propio Borges, pero a Borges lo podés entender con una buena biblioteca y a Juarroz tenés que leerlo y pensarlo vos mismo porque su poesía se explica en sí misma.

No quiero decir tampoco que sea una poesía ensimismada. Es tal vez más autorreferencial que la de otros autores, pero no es un mundo autónomo y cerrado, aunque el mismo Roberto Juarroz parezca sugerirlo muchas veces:

“El poeta no tiene otra alternativa que inventar o crear otros mundos. La poesía crea realidad, no ficción. Afirmo que la poesía es realidad, y para mí es la mayor realidad posible porque es la que cobra conciencia real de la infinitud.” (Roberto Juarroz)

Esta tendencia del poeta a lo universal, más que a lo personal, hace que su obra, reunida casi en su totalidad bajo un mismo título, Poesía vertical, en sucesivas ampliaciones, presente también dificultades a la hora de relacionarla de manera concreta con su biografía. No en vano, Roberto Juarroz ha trazado con frecuencia una clara línea entre lo escrito y lo vivido:

“La vida me importa enormemente para vivirla, pero no tanto para recordarla y menos todavía para describirla. Todo es seguramente más complejo que esto, pero no puedo evitar cierta alergia ante mi propia biografía.” (Carta a a W.S. Merwin, traductor de su obra al inglés, de 26 de agosto de 1986, incluida como epílogo a Décimocuarta Poesía Vertical.)

A pesar de todo, la experiencia personal –la que llega de la costumbre intelectual, como la poesía “metapoética” y la que llega de la tentativa externa, como en su poesía amorosa, pero hay que avisar que el objeto amoroso no es siempre precisamente una persona sino el mismo poema también– está muy presente en la poesía de Juarroz aunque, eso sí, enmascarada, trascendida y con voluntad universalizadora, reducida a lo esencial y a una difícil sencillez (no a la sonsa simplicidad) que se condensa en poemas breves con tendencia al aforismo. Veamos un par de ejemplos para terminar:

¿Cómo amar lo imperfecto,
si escuchamos a través de las cosas
cómo nos llama lo perfecto?

¿Cómo alcanzar a seguir
en la caída o el fracaso de las cosas
la huella de lo que no cae ni fracasa?

Quizá debamos aprender que lo imperfecto
es otra forma de la perfección:
la forma que la perfección asume
para poder ser amada.
(Roberto Juarroz, Poesía Vertical VI – 7)


No nos mata un momento,
sino la falta de un momento.
No nos mata una sombra,
sino la ausencia aleatoria de una sombra,
perdida probablemente en un declive
de esta insensata eternidad despareja.

No nos mata la falta de la vida,
sino el azar de un claroscuro
que se proyecta sobre una pantalla invisible.

No nos mata morir:
nos mata haber nacido.
(Roberto Juarroz, Poesía Vertical VII – 106)

domingo, 7 de abril de 2013

Paraguas de Buenos Aires

Llovió y llovió y llovió. Y nos vinieron luego con macanas, como si fuéramos nenes aún de mamaderas. A poco nos basurean. Pero ¿de hacer? Nada. Ni se les volaron las chapas. La de siempre. Pero no digo más, ya se putean ellos solos.

Ya lo puse un poema de Gelman hace días, pero me viene otro, que habla de la lluvia:

Lluvia

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo.
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/
pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

La que llovió no fue esta lluvia que nos cae a todos bien adentro alguna vez. Esta vez llovió por dentro y por fuera, como en el tango de Horacio Ferrer, bien llamado “poeta del tango”. Si no, miren y oigan este tango, que ya todos conocen, «Los paraguas de Buenos Aires», con música de Astor Piazzolla y la interpretación del Dúo "Tierra y Semilla":




Y aquí la letra, del mismo Horacio Ferrer:

Está lloviendo en Buenos Aires, llueve,
y en los que vuelven a sus casas, pienso,
y en la función de los teatritos pobres
y en los fruteros que a las rubias besan.

Pensando en quienes ni paraguas tienen,
siento que el mío para arriba tira.
"No ha sido el viento, si no hay viento", digo,
cuando de pronto mi paraguas vuela.

Y cruza lluvias de hace mucho tiempo:
la que al final mojó tu cara triste,
la que alegró el primer abrazo nuestro,
la que llovió sin conocernos, antes.

Y desandamos tantas lluvias, tantas,
que el agua está recién nacida, ¡vamos!,
que está lloviendo para arriba, llueve,
y con los dos nuestro paraguas sube.

A tanta altura va, querida mía,
camino de un desaforado cielo
donde la lluvia en sus orillas tiene
y está el principio de los días claros.

Tan alta, el agua nos disuelve juntos
y nos convierte en uno solo, uno,
y solo uno para siempre, siempre,
en uno solo, solo, solo pienso.

Pienso en quien vuelve hacia su casa
y en la alegría del frutero
y, en fin, lloviendo en Buenos Aires sigue,
yo no he traído ni paraguas, llueve.