Llovió y llovió y llovió. Y
nos vinieron luego con macanas, como si fuéramos nenes aún de mamaderas. A poco
nos basurean. Pero ¿de hacer? Nada. Ni se les volaron las chapas. La de
siempre. Pero no digo más, ya se putean ellos solos.
Ya lo puse un poema de
Gelman hace días, pero me viene otro, que habla de la lluvia:
Lluvia
hoy llueve mucho,
mucho,
y pareciera que están
lavando el mundo.
mi vecino de al lado
mira la lluvia
y piensa escribir una
carta de amor/
una carta a la mujer
que vive con él
y le cocina y le lava
la ropa y hace el amor con él
y se parece a su
sombra/
mi vecino nunca le
dice palabras de amor a la mujer/
entra a la casa por
la ventana y no por la puerta/
por una puerta se
entra a muchos sitios/
al trabajo, al
cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios
del mundo/
pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al
alma/
es decir/a ese cajón
o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve
mucho/
y me cuesta escribir
la palabra amor/
porque el amor es una
cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe
dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué
puede explicar/
por eso mi vecino
tiene tormentas en la boca/
palabras que
naufragan/
palabras que no saben
que hay sol porque nacen y mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el
pensamiento que él nunca escribirá/
como el silencio que
hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo
palabras para volver
a mi vecino que mira
la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón
desterrado/
La que llovió no fue esta
lluvia que nos cae a todos bien adentro alguna vez. Esta vez llovió por dentro
y por fuera, como en el tango de Horacio Ferrer, bien llamado “poeta del tango”.
Si no, miren y oigan este tango, que ya todos conocen, «Los paraguas de Buenos
Aires», con música de Astor Piazzolla y la interpretación del Dúo "Tierra y Semilla":
Y aquí la letra, del mismo Horacio Ferrer:
Está lloviendo en Buenos Aires, llueve,
y en los que vuelven a sus casas, pienso,
y en la función de los teatritos pobres
y en los fruteros que a las rubias besan.
Pensando en quienes ni paraguas tienen,
siento que el mío para arriba tira.
"No ha sido el viento, si no hay viento", digo,
cuando de pronto mi paraguas vuela.
Y cruza lluvias de hace mucho tiempo:
la que al final mojó tu cara triste,
la que alegró el primer abrazo nuestro,
la que llovió sin conocernos, antes.
Y desandamos tantas lluvias, tantas,
que el agua está recién nacida, ¡vamos!,
que está lloviendo para arriba, llueve,
y con los dos nuestro paraguas sube.
A tanta altura va, querida mía,
camino de un desaforado cielo
donde la lluvia en sus orillas tiene
y está el principio de los días claros.
Tan alta, el agua nos disuelve juntos
y nos convierte en uno solo, uno,
y solo uno para siempre, siempre,
en uno solo, solo, solo pienso.
Pienso en quien vuelve hacia su casa
y en la alegría del frutero
y, en fin, lloviendo en Buenos Aires sigue,
yo no he traído ni paraguas, llueve.
No hay comentarios:
Publicar un comentario